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MARICÓN (por Kim Pérez y NOS)

Las palabras de nuestra maravillosa Kim Pérez son nuestras palabras. Nuestras palabras son de Kim Pérez. Ésta es nuestra opinión. Ésta es la opinión de Kim.

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MARICÓN

Me llegaron la otra tarde dos mensajes de un amigo y una amiga de la Asociación NOS de Granada (a la que me siento muy ligada porque la fundaron mis queridos Jorge Puchol y Pedro Mendoza) Convocaban a una rueda de prensa en la Plaza de Bibarrambla, delante de una caroca en la que se usaba la palabra “maricón”.

Las carocas son cartelas pintadas que se ponen desde hace siglos cuando es la Feria del Corpus, la Feria de Granada. Ahora, la gente manda libremente quintillas, una comisión en la que están dos concejales, aquí del PP, la comisión las selecciona, un humorista pinta la cartela sobre las quintillas admitidas, y el Ayuntamiento le paga y las pone en esa plaza pública.

Y ahí, comentando de broma la iniciativa de la Diputación (del PSOE) en favor del turismo homosexual en Granada, se metía la palabra maricón, como resumen final de la cuestión.

Yo cogí el camino y me fui a la concentración. Primero habló Antonio J. Iáñez, Presidente de NOS, luego un señor de la Diputación, D. José López Gallardo, dando la cara, y después yo.

¿Por qué me metí en ese tema? Ciertamente, por solidaridad. Los ataques a cualquiera de los colectivos gays, lésbicos, bisex o transexuales son ataques a todos y cada uno. Éste también es un principio de la acción LGTB en España.

Pero también por mí, como transexual. Los ataques a las transexuales son a menudo especialmente dolorosos cuando toman esa forma. Las transexuales, especialmente las transexuales, hemos soñado muchas veces más o menos esto: que al abandonar por fin el detestado género en el que nos hallábamos, donde todo es tan áspero y tan crudo, al entrar en el género femenino, seríamos por fin amadas y protegidas, seríamos cuidadas, seríamos miradas con ternura, seríamos vistas como lo que somos, personas tiernas y sensibles, personas dolidas por la frecuente violencia de la vida masculina.

Y es verdad que a veces encontramos esa ternura, esa comprensión. Yo la he encontrado en varones que me quieren, homo y hetero.

Pero otras veces, en la calle, cuando caminamos convencidas de que nuestra imagen es tan resplandeciente como esperamos, nos encontramos el peor de los insultos, el que para nosotras significa que, después de tanto luchar, alguien no quiere reconocernos ni una pizca y nos llama eso o Manolo. Y pretende tirarnos los palos del sombrajo. Por eso, este comentario va para decirles: “No es así. Yo sé cómo soy. No lo conseguiréis”.

Y también quiero remarcar porqué nuestra solidaridad con los gays frente a este insulto es por un sentimiento de hermandad, pero que para nosotras tiene matices propios. Para ellos, como insulto, va directamente a atacar su dignidad. Para nosotras, ataca nuestra dignidad y nuestra identidad.

Ahora, voy a contar cómo he sido atacada con esta palabra, y cómo, aunque a quienes no la sufren les puede parecer usual, inofensiva, admitida, hasta simpática, yo he vivido su empleo, en las calles de Granada, por cierto, responsabilidad del Ayuntamiento.

Una de las innumerables veces que eso me pasó, bajaba yo por la calle donde vivo, con un arreglo que no recuerdo como sería, pero que sería relativamente cuidado, cuando pasé junto a un trío de jovencitos sentados en un banco, bajo un árbol.

Al pasar yo, uno de ellos decidió decirme en voz coloquial, de volumen normal: Maricón.

Decidí hacerme la sorda y no darme por aludida. Seguí andando y a los diez o doce pasos, el muchacho repitió, en voz más alta, casi gritando: ¡Maricón!

Seguí pensando lo mismo, como si no fuera conmigo. Había recorrido ya como treinta o cuarenta pasos cuando ya me repitió, a grito pelado, gritando todo lo que podía: ¡¡¡Maricoooooón!!!

Era evidente que estaba frustrado porque yo no me coscaba ni le respondía. Como si fuera sorda. Eso desvirtuaba a sus ojos la eficacia de su insulto. Por eso me alegré y lo cuento como una victoria.

Pero ahora y sólo ahora pienso que eso pasaba en mi calle, cuando yo trataba de ganarme el respeto de mis vecinos, algo que era muy difícil, pero que he conseguido en gran medida (no del todo) No sé quién pasaría al mismo tiempo por la calle, quién vería la escena, quién la valoraría.

¿Se grita de la misma manera a otras señoras de mi edad cuando bajan o suben por la pendiente de la calle? ¿Qué significaría para una señora, o para un caballero, ver a otra persona, yo, a quien unos muchachitos se permitían insultar a gritos, y que tenía que seguir su camino, sin bajar la cabeza, eso sí, sino mirando a los lados, a lo lejos, como si estuviera absorbida en la contemplación de los edificios y de los árboles, y sin enterarse, eso sí, de lo que pasaba mientras?

Pues eso, exactamente, es lo que significa para mí esta palabra. Y me asombra y me alarma que el Ayuntamiento de mi ciudad seleccione y pague por el empleo en un espacio público, en unos días especiales, de esa palabra. Es como si renunciara a toda misión de ejemplaridad, y como si diera licencia para su uso, sin duda pensando que es inofensiva, bromista, usual, cariñosa, normal.

Y es lo que es. Un insulto gravísimo. ¿Qué puede pensar un muchacho joven (otro muchacho joven, pero gay) necesitado de reconocimiento y estima ajena para fundar su autoestima como persona, cuando ve que en esta sociedad se emplea esa palabra para él?

¿Es eso inofensivo, bromista, usual, cariñoso, etcétera? ¿Fomenta eso la autoestima?

Eso es así, señores del Ayuntamiento de mi ciudad de Granada, y si no lo saben, por eso se lo explico.

Nosotros (nosotras y ellos, los gays) cansados de bromas, de zahirimientos, de angustias en la familia, de armarios, podemos decirnos “maricón o maricona” cuando nos encontramos, porque en nuestros labios suena desde luego a solidaridad en el insulto, a broma después de todo, a cariño, al fin y al cabo.

Yo se lo oí decir, por primera vez, a mis queridas amigas A., y B., y P., las transexuales que se ponían en el Humilladero de Granada (¡vaya nombre!) a trabajar en la prostitución por las noches.

“Buenas noches, maricón”, podían decirle a una que se pusiera en la “oficina”.

Pasaban los clientes, en general respetuosos. Llegaba un señor mayor, un vecino, que les traía un café. De cuando en cuando, pasaba un auto a toda velocidad y uno de sus ocupantes sacaba la cabeza y medio cuerpo por la ventanilla, y con cara de estar borracho gritaba ¡Manolo!, que es lo mismo para nosotras. O directamente, la palabra.

(Repásese el párrafo anterior en el que hablo de los sentimientos y sueños de las jóvenes transexuales y compárese con esa parte que pueden encontrar en el ejercicio del trabajo sexual)

De modo que esa palabra podemos usarla nosotros cuando nos apetezca, pero que no la usen otros.

Pero la historia no acabó en nuestra concentración, sino que sigue.

El Ayuntamiento, por medio de un concejal (García Montero, de cultura), dijo primero que él no era responsable. Falso, puesto que es el Ayuntamiento quien selecciona y paga.

Luego, cuando la Asociación NOS era quien lo había denunciado incluso ante los tribunales (y la denuncia sigue allí), el Ayuntamiento parece ser, según la Prensa, que se permitió negociar con otra persona, de otra Asociación que parece tener ahora buenas relaciones con el PP, y acordaron (¿pero quién son ellos para acordar nada aparte de los denunciantes?) que la cartela seguiría puesta y que la palabra se sustituiría por unos puntos suspensivos.

De manera, que es como si les dijeran a los ciudadanos granadinos que miren la caroca: “Completen ustedes mismos lo que falta”, que, con ayuda de la rima, es inequívoco.

De modo, que el Ayuntamiento sigue poniendo esa palabra, ahora con la hipocresía de decir: “Yo no digo nada. Díganlo ustedes”.

Esta falta de sensibilidad, ya del Alcalde, Señor Torres Hurtado, en cuyas manos está ya la decisión de quitar esa cartela y pedir disculpas pública y sinceramente, me ofende como persona, pero también como vecina de la ciudad de Granada.

Y me lleva a decir, a título personal, y sin saber qué decisiones tomará NOS, pero figurándome muy bien cuáles serán:

“Señor Torres Hurtado, Alcalde de Granada: ya no voy a parar hasta que consiga que usted asuma su responsabilidad y se disculpe públicamente ante todos y todas los que ustedes han ofendido, avalando por dos veces el uso de un insulto muy grave contra unas personas que merecemos todos los respetos”.

¿Es nada más que por una palabra? Por esta palabra llamo en primer lugar a las asociaciones de gays, lesbianas, bisexuales y transexuales del Estado Español para que nos unamos en una sola lucha.

Por ella llamo a los partidos del Ayuntamiento de Granada y a todos los que sientan la ofensa que el Ayuntamiento de mi ciudad, ay, de Granada, en la que Federico García Lorca fue fusilado, precisamente por maricón, entre otras causas, para que se solidaricen con esta lucha.

Y por ella llamo a nuestros amigos heteros, que siempre han estado a nuestro lado y comprenden muy bien lo que decimos porque lo han visto en nuestras vidas; ayudadnos.

No es sólo una palabra; es una palabra que el Alcalde de una ciudad cuya vida tiene repercusión universal, ha consentido por dos veces.

Sabemos que por eso esta protesta indignada será oída no sólo en nuestra ciudad de Granada, sino en Andalucía, en España y más lejos. Lo sabemos.

Esperemos que de esta lucha, los culpables salgan por lo menos moralmente obligados a reconocer su culpa. Si no, habrá la sensación general de que hay licencia para insultarnos. Y no la hay.

Kim Pérez

HOMOFOBIA DE CONSISTORIO

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(Imagen de la polémica Caroca situada en Plaza Bib-Rambla a 31/05/2010)

HOMOFOBIA DE CONSISTORIO
Con motivo de las celebraciones del Corpus Christi, el Exmo. Ayuntamiento de Granada, en un "popular" alarde de humor, insulta descaradamente a todos los viandantes de la Plaza Bib-Rambla con una de sus "CAROCAS" en la que se recoge literalmente el siguente texto:
"El turismo homosexual promueve Diputación -dicen que mueve un pastón- contento está mi Pascual que es un poco Maricón"
Una vez más, nuestros y nuestras representantes, hacen gala de la homofobia que les caracteriza y de la que no logran desprenderse. Una actitud de la que nos avergonzamos y condenamos taxativamente.

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